domingo, 5 de diciembre de 2010

Los miedos del tendero

Los miedos del tendero
A los fisgones costasoleños nos han divertido más los lazos de las blusas de la Primera Dama, los baños de la niña Sasha, que la esperpéntica huída por holganzas del Sr. Rajoy a Galicia y su negligencia con el cinturón de seguridad. El hombre fue ministro con Aznar del chirimbolo del Tráfico
El Air Force Two hace unas horas que voló sobre nuestras cabezas camino de Mallorca, fuimos los reyes del mambo. El verbo especular sobre la buena imagen para España y en especial para la Costa del Sol que ha dejado la visita de la Sra. Obama y su séquito, se ha desorbitado, y cada cual emite desde su atalaya números en impacto mediáticos de beneficios (unidad de medida tan camelística, como cara).

Los tartufillos lugareños hablan de la restauración de una imagen que nunca debió ser empañada por la cleptocracia del gilismo. La mejor de nuestra gente se apiadan por las incomodidades del poder, tanta seguridad, tanto protocolo, tanto ajetreo. Otros se ven llamados por primera vez a la carrera de la pompa y el boato, como aquel reclamo iniciático que sintió Juliano el apostata, al ver acercarse la cabalgata de la cohorte de su primo el emperador Constancio.

Lejana cercanía de aquellos tiempos cuando empezaba el trasiego de idas y venidas de los Malayas a los juzgados de Marbella y al Prision Resort de Alhaurín de la Torre. Los turbados tenderos (asociación de comerciantes marbellíes) con miedos propios del negocio, clamaban por un escrupuloso silencio que no manchara el nombre de su Villa.

Ahora otros aturdidos tenderos se hacen oír desde Alicante, para que no maltraten el nombre de su amado equipo de fútbol, el Hércules. Las grabaciones al propietario del Club publicadas en los medios de comunicación por mor de las escuchas del caso Brugal, son el paradigma del provecho que se le puede sacar a un móvil por un presunto discípulo del afamado pirata, capitán Kid. Lo mismo se soborna para poner un vertedero, que se convierte en un vertedero de deshonor un campo de fútbol. Enrique Ortiz, el propietario escuchado, padece la enfermedad de Diógenes, pero con la pasión de repartir los excrementos a todos sus semejantes.

El fuego abierto por los amañamientos futbolísticos quiere empañar el verano de La Roja; las bravatas telefónicas y sus consecuencias no van a parar. Propongo a los buenos amigos de Alicante que organicen una cata colectiva de su excepcional turrón en el ala oeste de la Casa Blanca, por lo del buen impacto mediático y pelillos a la mar.

Los tenderos que no han protestado son los de Santiago de Compostela, a pesar del embarazoso abrazo del peregrino Camps al Apóstol. La foto antológica del singular peregrino se debe tener como paradigma en las escuelas del desparpajo escénico. Tiene razón la siempre espiada Cospedal, al insistir en que Camps es su mejor cartel electoral en Valencia; al menos, para lo que el PP pretende ofrecer a sus buenos votantes.


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